Hacia la lejanía en Cercanías

Viajes

Comienzo de la semana, hacia la lejanía… en Cercanías.

Esta vez no llevé conmigo el iPod para escuchar música y callar mis pensamientos, porque cuando escuchamos música lo hacemos por eso, para no escucharnos a nosotros mismos, no recordar lo que somos, ni a dónde vamos ni a dónde nos dirigimos, sólo queremos sentir y no pensar, escuchar y no sufrir… Pero hoy no era uno de esos días, hoy era un día en el que quería estar atento a todo lo que me unía al paso del tiempo: mis pensamientos.

Ya no tenía una banda sonora que me acompañara en mi trayecto. Sólamente tenía ruidos, sonidos del Cercanías, voces de los pasajeros, unas más altas que otras, otras más odiosas que unas. Entre ellas podía escuchar una banda sonora que resuena con éxito actualmente en la sociedad, la banda sonora del consumismo, de la superficialidad en voces de tres jovencitas, pijas se las llamaría antes y creo que ahora. El gran drama de las ropas, si los pantalones de pitillo ya no les entra, si esa ropa es horrible ahora porque antes estaba de moda pero ya no más, que ya no mola enseñar el ombligo, que si el color no me va, etc, etc y más.

La situación era de lo más extraña. Como compensación de las voces estridentes de estas señoritas, me llegaban al mismo tiempo lo incomprensible de las voces árabes. Debían ser marroquíes, pero en el idioma y probablemente en su contenido, eran totalmente lo contrario a esas maniquíes.

De la misma manera como empezó, terminó. Las primeras en Aravaca (no podía ser de otra manera) y los segundos en Pozuelo Estación.

Ya mis oídos eran libres de pensar en otras cosas, pero no en pensar en lo que se me iba a avecinar. Mientras observaba el maltrecho interior del vagón, otra banda sonora se aproximaba a mi alrededor. Esta vez era muy familiar, tanto que no podía creer que en un vagón de Cercanías lo iba a escuchar. Click, click, click, rítmico pero sin fin. Se repetía y yo lo sentía.

Mientras el sonido paraba y volvía a continuar, yo seguía observando las fronteras del vagón, los cristales rasgados por llaves que no abren ventanas sino puertas, asientos que no reposan traseros sino suelas de zapatos, objetos que faltan y que en el futuro se podrían echar en falta…

Interior del vagón con objetos en falta.

Interior del vagón con objetos en falta.

Mi cabeza se imaginaba a esos vándalos que aprovechan las horas nocturnas para arramblar con todo lo que se encuentran a su paso. Me gustaría saber qué van a hacer con martilletes de seguridad para las ventanas de emergencia, quizás romper la crisma a algún desdichado en una gamberrada más en su historial, o para enseñarlo a sus amigotes como proeza sin igual. Ya me gustaría a mi ver qué harían esos vandalotes si se encontrasen dentro del vagón cuando éste se accidentara, se incendiara y no tuvieran dónde encontrar un martillete para salir por la ventana y salvarse de su propio infierno cuando les diera en gana.

Mis pensamientos se rompen por lo que continúa llegando a mis oídos arrítmicamente.

Click, click, click… Miro y vuelvo a mirar. Quien lo produce es sorprendentemente una mujer. Esa mujer que se corta las uñas en un tren no puede ser una mujer. Lleva coleta, pero eso ya no define a una mujer. ¿Cuántos dedos puede tener esa mujer? parecen miles por el tiempo que llevo escuchando el click y más click. Sólo espero que no se esté cortando las uñas de sus patas, porque no puede ser una mujer, sino gorrina debe ser.

Mujer con coleta cortándose las uñas en Cercanías

Mujer con coleta cortándose las uñas en Cercanías

Ya llega mi estación. Me levanto para salir de este trayecto inédito, y giro la cabeza cuando por su lado voy a pasar sólamente para confirmar mi sospecha: era verdad, se está cortando las uñas sin cesar.

Me alejo de ella para acercarme a la puerta.

Salgo del tren pensando que sólo queda llegar a mi casa, que no es mi casa, sino es dónde vivo y me dejan vivir.

El tren ya se ha ido…

En la lejanía… la mujer gorrina y sus uñas en el Cercanías.

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