En el mismo viaje fallido al viaje del Jerte, se nos hizo tarde para comer y elegimos un restaurante a las afueras del pueblo del Jerte (Cáceres) llamado Bar Restaurante Napoleón.
Lo elegimos por lo que casi siempre eligen los turistas los restaurantes que no conocen: “si hay mucha gente, es que debe de ser bueno“. En nuestro caso, vimos dos autobuses aparcados delante y un par de coches, que era mucho más de lo que habíamos visto por los pueblos por donde pasamos.
Después de aparcar delante del edificio del restaurante, entramos y nos encontramos con los ocupantes de los autobuses: un enorme grupo de jubilados que debían estar de excursión. Nada más entrar ya un camarero nos atendió y nos dijo que podíamos elegir cualquier mesa. Nosotros nos fuimos a una mesa lo más alejado de ese grupo de jubilados porque estaban alborotando mucho.
Donde nos sentamos teníamos vista al valle y a las montañas. Nos trajeron el menú y vimos que los precios eran muy asequibles. Mi mujer eligió un consomé de primero y unas chuletas de cordero de segundo. Yo pedí de primero un revuelto de ajetes y de segundo una trucha a la naranja. Pensé que estando en un río truchero, la trucha debía estar fenomenal. De beber yo pedí una botella de agua mineral (me trajeron una de litro y medio) y mi mujer preguntó si tenían Sprite. El camarero dijo que no, que tenían SevenUp, mi mujer dijo que ok. Cuando vino el camarero con la botella de SevenUp vimos que era una botella de Sprite. ¿?
El consomé a mi mujer le gustó. Muy casero. Mi revuelto de ajetes eran más ajetes que huevo, y me dejaron un regusto picante en el paladar. Me los terminé como pude acompañados con mucho pan. Por cierto, el pan que nos trajeron pensé que siendo un pueblo sería un pan de pueblo, de calidad, pero no, era un pan con esa miga artificial que parece medio de plástico. Una gran decepción.
Para el segundo plato, las chuletas de cordero eran de cordero adulto, y a simple vista tenían buena pinta, aunque a mi mujer le pareció que tenían un gusto extraño, aunque al probarlo yo me pareció normal. Será porque no está acostumbrada a comer cordero que no sea lechal. En mi caso, la trucha a la naranja la vi llegar como una trucha abierta en canal, toda ella ahogada en una salsa medio gelatinosa de naranja. Yo pensé que sería una trucha sin abrir en canal con unas rodajas insertadas en el cuerpo. Lo primero que me dió rabia es que estaba abierta de par en par, lo que siempre me dificulta mucho para quitar las raspas. Luego lo que ya me puso de los nervios es que la piel estaba como pegada a la carne del pescado y no había manera de despegarla sin llevarte media trucha por el camino. Y lo que era aún más desesperante, no era una piel dura como cuando te la hacen frita, sino que se había quedado como una fina capa cocida y desintegrada a la carne. Me comí la trucha como pude comiendo más piel que carne y escupiendo raspas cada dos por tres.
Después de la mala experiencia del segundo plato, íbamos a desistir del postre, pero como quería quedarme con buen gusto de la comida, pedí un Trufito de La Menorquina para compartir. Es con lo único que disfrutamos realmente los dos.
Al final, la cuenta de los dos fue de 25,75 euros (incluyendo el 7% de IVA). Lo único que puedo destacar del restaurante es la rapidez del servicio, siempre muy atentos y nos traían y quitaban platos rápidamente.
Dudo mucho que vuelva a ese restaurante, y si vuelvo, no pediré nada de lo que pedí esta vez.



